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En el camino

La filosofía de Viajes Magazine

Desde el espacio no se ve ninguna frontera. La Tierra es una esfera blanca y azul. A medida que nos aproximamos se empiezan a distinguir los continentes: tímidas manchas de color marrón en la inmensidad azul. Nuestro planeta es sobre todo mar y agua, y también desierto, y elevadas montañas donde los elementos naturales imponen su ley, sus propios límites.
Las fronteras establecidas por el hombre, en cambio, son inventadas y ficticias. El mundo, observado desde la ventanilla de un avión ofrece una imagen más acorde con la realidad. De noche, ciudades y pueblos emiten millones de kilovatios de luz que indican una presencia y señalan una voluntad y un temor: la necesidad de sobrevivir y el miedo a la soledad. Si ese mismo avión que nos muestra en su vuelo nocturno las luces de Los Ángeles, París, Buenos Aires, Singapur, Barcelona o Berlín sobrevuela el desierto del Sahara el escenario cambia radicalmente. Hay que hacer un esfuerzo visual para distinguir en el mar de dunas apenas iluminado por la luna creciente, un puntito de luz aquí, otro allá, diez minutos de vuelo más al sur; fuegos de pequeñas aldeas situadas alrededor de un oasis, lumbre de un campamento beduino, casi en mitad de ninguna parte, trashumantes en busca de algunos pastos a orillas del río Níger.
Y, sin embargo, ese fuego antiguo, vital para la subsistencia y apenas visible desde el cielo muestra una verdad bien distinta. Aquí no hay otro límite que el desierto, y la familia reunida en torno a la lumbre, nada teme sino que fluye en el transcurrir de la noche. Vive, pero no teme; en el desierto el hombre se mide ante los elementos y se encuentra con su verdadera naturaleza.

¡Paradojas de nuestro mundo! Allá donde la luz artificial, los fluorescentes y las luces de neón iluminan la ciudad, el miedo campa a sus anchas. En las ciudades donde el hombre se concentra y huye, no se sabe bien de qué, hay una soledad y un aislamiento absolutos, mientras que en el desierto la mirada de un nómada transmite serenidad: no existe el sentimiento de estar separado del lugar que uno habita… incluso las otras personas reunidas alrededor del fuego forman parte del paisaje y de la inmensidad del momento.
Ellos no necesitan fronteras porque la única frontera conocida es aquella que impone la aspereza del desierto, el movimiento de las estrellas, el cambio en la dirección del viento o la ubicación de un oasis. Nosotros, por el contrario, nos delimitamos y diferenciamos; nos escondemos detrás de un país o de una creencia religiosa.
Ellos, los nómadas del desierto, los aborígenes australianos, los tarahumara en México y tantas otras etnias desperdigadas por el mundo convierten su concepción de la existencia en un viaje.
Nosotros, los hombres civilizados, viajamos por placer, y demasiado a menudo sólo conocemos el placer en forma de recuerdo, es decir, cuando una vez finalizado el viaje podemos ver en la grabación de vídeo como cuatro masais saltan delante de la cámara. Es entonces cuando mucha gente cree reconocer la autenticidad de cuanto ha vivido, de una experiencia que en realidad no ha sido más que una pantomima, una representación folklórica que bien podríamos haber visto en cualquier teatro.

Ellos lo saben. Hay una verdad universal: el placer del viaje, reside en el viaje mismo. Y, ahora, al empezar a escribir este libro, o al trasladar estas palabras a Viajes Magazine, lo hago con el propósito de reunir una parte de todo cuanto hasta el momento se me ha dado a conocer, y con la intención de transmitirlo en toda su diversidad, tal como me ha llegado y lo he vivido, pero sin intentar modificar ni juzgar aquello que me ha afectado y conmovido. El cambio se ha producido dentro de mí, y a ellos, a esas gentes o a los paisajes que me han impresionado, sólo me queda agradecerles todo cuanto he aprendido, todo cuanto me han enseñado.
Alguien escribió que lo único que debe dejar el viajero son sus huellas en la arena. Demasiadas veces el hombre occidental se ha dedicado no sólo a expoliar el patrimonio de otras etnias y culturas, sino también a hacerlas pasar por el embudo de la civilización. Más que pisadas en la arena hemos sembrado la muerte, la aniquilación, la esclavitud, sin respetar en lo más mínimo creencias, costumbres y sentimientos ajenos. Y aunque la mayor parte de estas lacerantes conquistas se remontan a algunos años atrás, sobrevive en varias conciencias un sentimiento de superioridad, un racismo latente que se manifiesta en la intolerancia y el desprecio solapado ante los que nos es extraño y desconocido.
Dejar sólo pisadas en la arena, ser tolerante y respetuoso con otros pueblos son actitudes e imágenes que deberían acompañarnos a lo largo de todo el camino, no solamente durante los quince, veinte días o tres meses que dure el viaje.

En mi actividad como periodista tengo la oportunidad de viajar a menudo. Desde que hace más de quince años dejé el puesto de redactor en una revista náutica y decidí lanzarme a trabajar como free lance, he viajado tanto en grupo —viajes promocionales de prensa— como en solitario. Si he de escoger prefiero hacerlo en solitario porque así es más fácil acercarse a la gente de los países visitados, pero también es justo reconocer que algunos viajes de prensa me han permitido conocer gente interesante fuera y dentro del grupo. Será porque el amor al viaje, a la idea de movimiento, es una simiente que hay que regar y cuidar. Pero entenderlo de este modo no es tarea sencilla. En mis viajes de adolescencia existía la necesidad imperiosa de regresar. Los días que pasaba fuera del mundo conocido se hacían demasiado largos y parecía que no podía encontrarme a mí mismo hasta el regreso, o desde el momento que iniciaba el camino a casa.

Hay que aprender a viajar. Y hay siempre amor y respeto en el alma del viajero… tal vez por este motivo el último verso de la Divina Comedia: l’ amor che move il sole e l’altre stelle, da paso a las fotografías de este reportaje. El amor y el movimiento tienen algo en común, y viajar no debería de ser muy distinto que vivir.

En estas pocas fotografías, en las palabras de este libro trazo algunas de las pinceladas más hermosas que he vivido. No se trata de grandes acontecimientos, ni de encuentros con políticos que han determinado el futuro de las naciones, ni con gente famosa o personajes ilustres, como tampoco pretende ser una narración sobre lugares lejanos y exóticos. Son experiencias que me han sucedido a mí de la misma manera que podrían haberle ocurrido a cualquier otra persona que conociendo el mundo esté dispuesta a asumir el viaje como parte inseparable de uno mismo.
Viajes Magazine habla de gentes y lugares que me han, que nos han, a mí y a otros reporteros que en el futuro publicarán en estas páginas su trabajo, impresionado, que por alguna razón nos han permitido percibir la calidad de lo mágico manifestándose en el día a día, en la vida cotidiana. Explicamos sensaciones, encuentros para los cuales no es necesario desplazarse durante un año por África, convivir varios meses con los aborígenes australianos o haber vivido cuatro años en la India… más bien al contrario, la intención de Viajes Magazine es ponerse en el lugar del viajero común, de la persona que sin llevar la etiqueta de reportero o explorador es capaz de disfrutar de una estancia breve en el desierto o en una granja sami en Laponia.
Así que quien espere encontrar en las siguientes páginas y reportajes, grandes aventuras, hechos temerarios o acontecimientos fuera del orden natural de las cosas se sentirá decepcionado. Aquí sólo hay líneas orientativas, trazos, el esbozo de una forma de entender la vida… Entender a gente diferente, intentar percibir otras culturas, sin amenazarlas, sin rasgar su equilibrio, sino sintiéndolas como la caricia de un viento al atardecer; maravillarse ante una puesta de sol, el aullido de unos perros en la lejanía, la pirámide de luz que cae del cielo durante la aurora boreal, o el canto de los delfines cuando en mar abierto se acercan al barco, y ser luego capaz de trasladarlo a la cotidianeidad, allá donde nuestra vida a veces parece monótona significa empezar a vivir el viaje desde dentro.
Bertolt Brecht escribió en una ocasión: “Sabemos que estamos de paso y que nada importante vendrá después de nosotros”. En nuestra insignificancia reside la grandeza de la raza humana, y han sido algunos viajeros quienes mejor han sabido percibir el valor de la diversidad.

Una narración de la etnia baluba que habita a orillas del río Kasai, en el África Central, explica la analogía entre el hombre y la mariposa. El hombre sigue durante toda su vida el ciclo de la mariposa. En la infancia es una pequeña oruga; pasan los años y al llegar a la edad adulta se convierte en una gran oruga. En la vejez inicia su transformación en crisálida. La muerte y la tumba, simbolizan el capullo, el envoltorio de donde sale el alma que vuela en forma de mariposa.
Simples, pequeñas o grandes orugas pasamos demasiado a menudo por esta tierra con las patas cubiertas con un par botas y las garras del odio, la separación y la indiferencia. Resulta pues práctico y amable vernos como lo que somos, simples orugas, y empezar a soñar con el vuelo de la mariposa. A veces pienso en el último viaje que me permitirá adentrarme en el espacio exterior y ver este planeta, único e indivisible desde la última frontera. Entonces veré el planeta azul con los ojos del alma.

Un saludo a todos los amigos de Viajes Magazine.

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Créditos

Textos y Fotografía: Ramón Villeró

Canción: Blazing Sun / David Lowe’s Dreamcatcher

Edición vídeo. Borja Riera

Productor: Viajes Magazine

Guía del viajero

CÓMO LLEGAR
En esta ocasión reproducimos una serie de fotografías de varios lugares del mundo, y la introducción a un libro de viajes, inédito, de Ramón Villeró. También aquí es cuestión de partir, viajar a cualquier lugar. Disfrutar del movimiento, del placer del viaje. Esperemos que disfrutéis del reportaje.
DÓNDE DORMIR
A ser posible bajo las estrellas. Una estera en el suelo y el silencio de la noche.
CUÁNDO IR
Siempre
GASTRONOMÍA
Probar, experimentar, disfrutar. Sorprenderse y asustarse.
PARA MÁS INFORMACIÓN
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